¿Qué le implorarás
a las hijas del azar y la negación,
Aporía y Contingencia,
si sobre su firmamento habito yo—
velo de un cielo
que no te ve?
¿Acaso inmortalizarlas
con promesas
que te harán creer
que rozas un mañana,
destino que no sabes
alcanzar?
Mírate:
inerme, desnudo,
hambriento y sucio.
Mírate bien:
¿cuál es tu nombre,
si hasta tu lengua has olvidado,
mortal?
¿Cómo le dirás a Ella
que nunca fue Ella,
si sólo traes
mariposas traidoras?
a las hijas del azar y la negación,
Aporía y Contingencia,
si sobre su firmamento habito yo—
velo de un cielo
que no te ve?
¿Acaso inmortalizarlas
con promesas
que te harán creer
que rozas un mañana,
destino que no sabes
alcanzar?
Mírate:
inerme, desnudo,
hambriento y sucio.
Mírate bien:
¿cuál es tu nombre,
si hasta tu lengua has olvidado,
mortal?
¿Cómo le dirás a Ella
que nunca fue Ella,
si sólo traes
mariposas traidoras?
Alas de tiempo,
sobrevuelas sobre invierno,
deteniendo ráfagas
de pretéritas épocas;
lluvia es tu ofrenda
al corazón de mi tormenta:
niégame, tú,
niégame una segunda vez,
y me harás leyenda
de lo imposible
—Romance Negado—
tsunami es mi realidad.
Niégame, tú,
si ya estás
siendo devorado.
sobrevuelas sobre invierno,
deteniendo ráfagas
de pretéritas épocas;
lluvia es tu ofrenda
al corazón de mi tormenta:
niégame, tú,
niégame una segunda vez,
y me harás leyenda
de lo imposible
—Romance Negado—
tsunami es mi realidad.
Niégame, tú,
si ya estás
siendo devorado.
¿Sientes el latido?
Te niego de palabras,
de raíces, suyas,
que se hunden y rebrotan
queriendo ser aire,
si ya nada queda en ellas;
y si quieren pretenderme
también nos negaré:
a nosotros,
Jueces del Tiempo, reinado
donde nos suspendemos.
Sobre ambos
diluviará también aire
muriendo de lluvia;
Tierra de un último verso
de ti cayendo,
escondiendo tus lágrimas,
heladas,
cielo de palabras invocadas
que suben desde aquel tsunami
y conocen bien su hoy,
tiempo sobre el que ebullen
y son geometría del poema
hasta alcanzarte.
Y lo presiento mientras latimos:
o rehago tu cielo,
o nos negamos;
Aporia.
Te niego de palabras,
de raíces, suyas,
que se hunden y rebrotan
queriendo ser aire,
si ya nada queda en ellas;
y si quieren pretenderme
también nos negaré:
a nosotros,
Jueces del Tiempo, reinado
donde nos suspendemos.
Sobre ambos
diluviará también aire
muriendo de lluvia;
Tierra de un último verso
de ti cayendo,
escondiendo tus lágrimas,
heladas,
cielo de palabras invocadas
que suben desde aquel tsunami
y conocen bien su hoy,
tiempo sobre el que ebullen
y son geometría del poema
hasta alcanzarte.
Y lo presiento mientras latimos:
o rehago tu cielo,
o nos negamos;
Aporia.