¿Qué noches habrán escrito tu alma
para desear alzar ruinas
sobre un museo celestial
sin horizonte?
Profunda es la noche que te deshizo
para que puedas presenciar nuestro final
desde abajo.
Late el trazo de nadie
cuando nadie invoca su nombre,
y lo dibuja de corazón ausente, él.
Que no sabe, que no recuerda
desde cuando está
en el centro de la tormenta;
o desde cuando
no le tiembla el pulso.
Atraviesa el centro
e invoca a su nueva deidad:
Nadie, ella.
El círculo comienza a cerrarse,
aunque tarde:
hoy el centro es borde
que escapá y lo libera de él,
Nosotros somos ruinas y yescas
de su fuego.
y la amenaza de su ayer
se torna en inevitable:
ya está escribiendo
solo para ella:
Templo de la Música
—su mañana.
Cada latido abre puertas imposibles
y los Antigüos no comprenden
que esté escribiendo su mañana
cuando éstos sepan
que se habrán ido, fundidos,
en un para siempre—él y ella—:
templo con nueva diosa,
garganta de bronce, arco de oro,
alma de sujeto derruida.
No es una vieja profecía,
es su destino final:
Nosotros, estatuas de otro tiempo:
se nos va,
nos fundimos
en uno, en todo y en nada,
solo para sobrevivir
su próxima tormenta.
¿Qué somos?—él preguntó.
Y la Música escribió su nombre:
Tú, que nos miras desde su más allá,
¿qué eres, tú?—ella le cantó a él.
para desear alzar ruinas
sobre un museo celestial
sin horizonte?
Profunda es la noche que te deshizo
para que puedas presenciar nuestro final
desde abajo.
Late el trazo de nadie
cuando nadie invoca su nombre,
y lo dibuja de corazón ausente, él.
Que no sabe, que no recuerda
desde cuando está
en el centro de la tormenta;
o desde cuando
no le tiembla el pulso.
Atraviesa el centro
e invoca a su nueva deidad:
Nadie, ella.
El círculo comienza a cerrarse,
aunque tarde:
hoy el centro es borde
que escapá y lo libera de él,
Nosotros somos ruinas y yescas
de su fuego.
y la amenaza de su ayer
se torna en inevitable:
ya está escribiendo
solo para ella:
Templo de la Música
—su mañana.
Cada latido abre puertas imposibles
y los Antigüos no comprenden
que esté escribiendo su mañana
cuando éstos sepan
que se habrán ido, fundidos,
en un para siempre—él y ella—:
templo con nueva diosa,
garganta de bronce, arco de oro,
alma de sujeto derruida.
No es una vieja profecía,
es su destino final:
Nosotros, estatuas de otro tiempo:
se nos va,
nos fundimos
en uno, en todo y en nada,
solo para sobrevivir
su próxima tormenta.
¿Qué somos?—él preguntó.
Y la Música escribió su nombre:
Tú, que nos miras desde su más allá,
¿qué eres, tú?—ella le cantó a él.