Besos de Nunca y Nadie (IV)

¿Qué noches habrán escrito tu alma
    para desear alzar ruinas
    sobre un museo celestial
    sin horizonte?
Profunda es la noche que te deshizo
    para que puedas presenciar nuestro final
    desde abajo.
Late el trazo de nadie
    cuando nadie invoca su nombre,
    y lo dibuja de corazón ausente, él.
Que no sabe, que no recuerda
    desde cuando está
    en el centro de la tormenta;
    o desde cuando
    no le tiembla el pulso.

Atraviesa el centro
    e invoca a su nueva deidad:
    Nadie, ella.
El círculo comienza a cerrarse,
    aunque tarde:
    hoy el centro es borde
    que escapá y lo libera de él,
Nosotros somos ruinas y yescas
    de su fuego.
   y la amenaza de su ayer
    se torna en inevitable:
   ya está escribiendo
solo para ella:
    Templo de la Música
    —su mañana.

Cada latido abre puertas imposibles
  y los Antigüos no comprenden
  que esté escribiendo su mañana
  cuando éstos sepan
  que se habrán ido, fundidos,
  en un para siempre—él y ella—:
  templo con nueva diosa,
  garganta de bronce, arco de oro,
  alma de sujeto derruida.
No es una vieja profecía,
  es su destino final:
  Nosotros, estatuas de otro tiempo:
        se nos va,
        nos fundimos
        en uno, en todo y en nada,
        solo para sobrevivir
        su próxima tormenta.


¿Qué somos?—él preguntó.
Y la Música escribió su nombre:
    Tú, que nos miras desde su más allá,
    ¿qué eres, tú?—ella le cantó a él.
Besos de Nunca y Nadie (IV) ·