tentándose, entre sus manos
un nuevo lenguaje reconocerán,
de risas bailando el interior de su traición,
con sus pechos su fuego velando:
su pelo, suspirando en sus mejillas
y sus ojos, siendo sombra de un ángel singular;
Cómplices, levitando,
sus corazones, sus fuegos danzarán.
Sus alas, cubiertas de viento;
sus brazos, carnales,
subyugados por roces de piel
y deseos de confabular.
Que harán
–una vez liberada su pasión–
y que dirán
tras conjugar, desnudos, sus truenos:
sus mentiras, de secretos vestidas;
sus cicatrices, íntimas, surcando recuerdos del cuerpo;
sus manos, sosteniéndose sobre un abismo;
sus piernas, recreándose más allá de su promesa original:
desde el cielo cobrizo, donde uno caería
y el otro lo sobreviviría;
a un horizonte de cielo helado de fuego
y de infierno de fuego helado.
Prohibidos eran sus labios,
con palabras que ellos inventaron
hechas de sustancias, alma y fuego:
con palabras que ellos inventaron
hechas de sustancias, alma y fuego:
Ella
–su voz–;
cerca,
–su voz–;
cerca,
Él deseando recitarla
con besos que murmurarían
“me sobrevuelan tus alas”, lejos,
donde la guerra
desciende por ambos cuellos,
para rendirse a la eternidad
de ser demonios caídos
entre sí, su pasado;
hacia un futuro entrelazado
de cuerpos mortales con un fin.
con besos que murmurarían
“me sobrevuelan tus alas”, lejos,
donde la guerra
desciende por ambos cuellos,
para rendirse a la eternidad
de ser demonios caídos
entre sí, su pasado;
hacia un futuro entrelazado
de cuerpos mortales con un fin.