El apagón

Regresará la monotonía
con el renacer de relojes sin horas
detenidos en arcaicas pausas,
como de otro tiempo,
hoy desvelos de sol de un día.

Noche diurna toca a mi puerta
y cerca amanece;
senderos oscuros al natural
que tientan mis harapos
con el celo latiente de tu corazón
que se abre entre tus muslos:
y me empujas y flotas sobre mí;
y la luna se filtra dentro de tus caderas.
Y me sigues, y te sigo,
y me seduces con la caída
de tus montañas,
terremotos, velas,
y parpadeos con mordiscos de calidez;
y empiezo a llover y te acelero,
y me detienes y repetimos la poesía.

El mundo sigue, ahí,
a oscuras, donde me arrastras,
y señalas un parque,
e insinúas sus arbustos,
y también allí.
Lejos el interior de nuestras ropas.
Y vuelan arañazos color gris oscuro.
Y seguimos.
–¿Dónde estamos? –preguntas.
–Mmmm.
Farolas sin vida
y flores que no entienden.
Postres de helado
derritiendo su sentido,
su calor, el nuestro,
donde nos quemamos;
me enciendes el cigarro,
me lo robas y te lo fumas.
Gateas, te derramas,
te esparces y expandes.
Entonces me exiges que traiga
aquellas estalactitas, tuyas, dices,
derretiéndose como un cucurucho:
gruta que cae en picado
y salto para evitar hacia abajos
que son hacia arribas
de ríos y caminos
aún no explorados.
Y salgo de la cueva.

Tu centro sobre mi boca,
tus muslos levitando mis mejillas,
tus pechos sobre mi tripa;
y giramos sin girar.
Huelo el incendio de tu piel.
Bailas sobre mi oscuridad
y yo sobre la tuya.
Gotas sobre estalactitas, o flores,
de lluvia celeste,
o blanca, o negra, qué sabemos,
de colores hoy sin luz.
Te mueves y mueves la dama
–¿Jaque de qué?
–Estabamos jugando al ajedrez–me dices
Supongo que sí.
Me muevo y muevo el rey,
deshaciéndote y desandándote.
Y volvemos a empezar.

Te sirvo café helado
en posos rosados,
tostados,
de hombros sedosos
que me bebo.
Y me vengo. Fanfarroneas.
Venganza. Y Regresas.
¿Fumas? Repites otra vez.
–¿Qué hacen estas espinas de cactus sobre mis labios?
–¿Qué labios?
–El que tú prefieras.
Y regresa la luz
iluminando todo el desastre
que mañana tocará limpiar.
–Ah, ¿tienes sal?
–Sí…
–Y lo siento, pero no tengo máquina de escribir, no vivimos en el siglo XIX.
El apagón ·