alrededor de tu cintura,
el próximo delito.
Amantes,
ellos, sus gargantas
sobre la mesa cortadas
presenciando la eterna
recurrencia de un romance.
Mi batalla, sobre tus ojos;
Tu, alzando mi guerra
más allá del eco de las sombras.
Amantes:
celos estelares hechos de
corazones estrellados en añicos,
cristales forjando
la gramática de la derrota,
cortando a través del río
de los caídos;
e invocar un teatro
sin destino ni victoria;
sus cortinas se abren,
y abren un nuevo espectáculo.
Pero aquí,
en mi mundo,
todos son enemigos,
aman y odian;
en el tuyo,
mitad amor y mitad odio.
Entonces,
¿qué cristales serán
los que corten la mesa de dos
que nunca mueven para perder?
Si nosotros no derramamos
nuestra sangre,
sino la del otro.
Tú,
a quien no puedo ganar ni perder,
y aún tu voz recompone fragmentos
de un eco que grita
dos destinos contrarios:
conquistar y rendirse,
prevalecer y caer,
ambos,
en el mismo suspiro.
Y, finalmente, confesarlo:
tus amantes
—son todo lo que deseo.